Nadie

OLYMPUS DIGITAL CAMERANadie.

No hay nadie.

Solos tú y yo.

No hay cielo. Ni estrellas.

Hay techo y azulejos.

Me empujas a tu mundo.

Lo prieto contra mí.

Pero se escapa

No te marches. Nadie.

No hay nadie.

Mientras tú no estés.

El Hombre del Vagón.

tren

En el vagón 53, asiento 3, observamos a un hombre con un traje beige y un sombrero a juego con una gruesa línea roja. Entre sus zapatos sostiene una maleta. Está ligeramente inclinado hacia delante. Está apretando algo entre sus manos. Parece el trozo de un papel, pero no. Es el envoltorio de un bombón. El plástico es azul brillante como cuando la noche comienza a llamar al día, y también contiene el trozo de papel que le separa de su envoltorio. Se detiene un momento a observar ese manojo de papel, lo va abriendo poco a poco con delicadeza. Parece que se detiene su mundo por un momento. Como si no existiera el reloj. “Parada Vigo”, con la mirada perdida se levanta del asiento, se introduce el bombón en la boca y se agacha a coger su maleta, se coloca bien el sombrero y se guarda el envoltorio en el bolsillo. Se vuelve a sentar No tiene destino. Se encuentra perdido, náufrago de su propio albedrío. Mientras el chocolate se deshace en su boca le vienen imágenes de ella a la mente. Y lo rompe, rompe el papel que lo recubría en dos partes que deja caer al suelo. Sus manos se posan sobre su cara en un primer instante, para luego apretar su rostro con ellas, mientras una lágrima salpica el suelo y este el zapato y del zapato de charol se desliza la gota hasta posarse en un “te” escrito.

Vemos otro trozo desde esa distancia, en el pasillo, a unos metros al lado del zapato izquierdo. Adivinamos que hay algo escrito.

De repente el papel desaparece. Es entonces cuando elevamos la vista a una gran suela de zapato. Tiene un chicle pegado. Y ahí es donde se perdió el papel. Un “quiero” corrido en tinta desaparece allí contra el asfalto y entre saliva y goma.

Se bajó el la siguiente estación y susurró “adiós”.

Él tenía pensado confesarse en su fiesta. Ella le había regalado un bombón igual que a todos los invitados. Lo que no supo es que ella le había escrito “te quiero” en ese papel.

Lo que nunca supo ella, es que él no lo había leído.

EL PARAGUAS

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Adriana se pasea entre las sombras de la noche. Sí. Es alta. Muy alta. Tanto que siempre se pone calzado bajo para salir de fiesta. Su paraguas es negro. Y su cara dibuja la tristeza. Sus finos labios juegan a la amargura y sus negros se inundan y flotan como barcos de papel encharcándose poco a poco hasta caer en el olvido. Dice que le han robado. Gesticula poco, sus palabras nacen a partir de ligeros susurros. No entiende por qué la gente es tan mala como para robarle la chaqueta. Su cara es pura, limpia. Transmite sinceridad. Inocencia. Dan ganas de apoyarla y abrazarla. Sus amigos sabrían como ayudarla en un momento así. La llevarían a su piso de estudiante y le pondrían una película en la que el anti-héroe finalmente se llena de gloria. Y entre sueños y utopías se quedaría plácidamente dormida. Pero la calle es fría y llueve. “Ese paraguas no es tuyo”, le dice un desconocido. E incrédula observa el deterioro de su inocencia perdida. Allí presente, estaba su compañera de piso. Había visto a Adriana robar sin necesidad. En un supermercado, en una tienda de ropa, el papel higiénico del bar… Sí. Ella es alta. Muy alta. Pero ágil. Siempre fue deportista. Tiene los sentidos bien despiertos. “Copas de vino y chupitos de tequila para ahogar la vergüenza”, pensó.