La rima seguía sin ser encontrada

Jaime escribía un poema en su escritorio. Era una mañana soleada en Barcelona. Siempre se decía a sí mismo que escribir era reescribir. Se quedó dormido tras no encontrar la rima adecuada. Despierta sobre una toalla en la playa de Creus. Toma primero conciencia de su cuerpo. Mueve las manos. Toca la arena. Esta se desliza entre sus dedos. Fina, cálida,pegajosa. Mueve los dedos de los pies y se estira como si acabase de levantarse de la cama. Jóvenes parejas van de la mano. Pasean por la orilla. Huele a crema protectora solar. De repente el paisaje comienza a distorsionarse y a cambiar de dimensión.  Sólo puede ver el cabo de Creus a lo lejos. Objetos extraños y distorsionados se acercan a él, dejando fuera de su campo de visión aquellas rocas iluminadas por el crepúsculo. Camina y se aproxima a un reloj situado boca abajo. No puede ver el tiempo. Camina y observa otro derretido. “¿Desde cuando existen relojes derretidos?”, piensa. Toma conciencia de la hora y le da vueltas en la cabeza a sus asuntos particulares “¿me dará tiempo a volver a casa y terminar de escribir?”. Camina hacia otro reloj fundido pendido de la rama de un árbol disecado y sin hojas. Toma su tiempo y se detiene por un instante antes de dirigirse hacia el último reloj derretido. “Marca una hora distinta, ¿y si están estropeados?”. Jaime caminaba alrededor de aquel contexto confuso. Cada vez sentía con mayor intensidad el calor que lo rodeaba sin ninguna sombra. Sin ninguna brisa. El mar, el paisaje, estaban allí, al fondo, como acuarelas pintadas. Cada vez el contexto de aquel escenario surrealista es menos nítido.

Calor.

Agobio.

No podía respirar.

Se despertó agotado al cabo de unos segundos, con la cabeza apoyada sobre el escritorio.

Lo primero que hizo fue sujetar su reloj de mano para corroborar la hora.

Estaba averiado.

Y la rima seguía sin ser encontrada.

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Escúchame. Soy la lluvia al golpear tu ventana

Escúchame. Soy la lluvia al golpear tu ventana. No quería interrumpir  tu  placer de domingo. Pero escúchame por favor porque yo también lo hago. Me cuesta hacerlo, bueno. Pero lo intento. Y no sé por qué no te molesto. Espera… Oigo de fondo la película mala de Antena 3 acompasado por tus movimientos en cama encontrando un hueco en donde refugiar tus sueños. ¡Ah! Y también oigo tus miedos. Vienen y van. Se alejan y vuelven efecto boomerang. Escúchame. No temas. Soy la lluvia al golpear tu ventana. Y quiero saber más de ti. Sí. De ti. Presiento tu cansancio en el cuerpo, vaya. Mis amigos y yo te hicimos correr por el granizado, ¿eh? ¿Pero no estuvo mal, no? Te sentías libre y revoloteabas feliz con tu padre. “Papá, vamos a refugiarnos de la lluvia y llamamos para que nos recojan”, gritaste acompasando tus bocanadas de aire con aquella sonrisa imborrable. Atraviesa un coche por vuestro camino. La lluvia apenas te deja entrever la silueta del vehículo. Saludas al conductor con los brazos en alto sin detener el ritmo. Pisada a pisada más agua te entra por las deportivas y bolsillos. “¡Ay, guárdame el móvil o se morirá ahogado porfa!”. Sois libres. Libres y créeme que se escuchar. No podéis simple y llanamente parar de reír. ¿Vaya momento padre e hija, no? “Sí, ya. No hay dónde esconderse. No pares y corre”, te contesta y al poco añade: “Así sí que merece la pena salir a correr”. Vaya. No sé si disculparme al fin de cuentas por haberte hecho correr bajo la granizada floral. Perdóname. Pero escúchame, por favor, porque yo también lo hago. Escúchame. Soy la lluvia golpear tu ventana. Porque es primavera en Galicia.

Y en abril.

Aguas mil.

Érase una vez

Érase una vez una adolescente enferma. Érase una vez unos padres desesperados. Y érase una vez un médico miserable, pero afamado.

-Necesito quedarme a solas con la paciente. Podéis iros y esperar en la sala de espera.

-Vale.

Y es entonces cuando sus padres atravesaron aquella puerta. Y es entonces cuando él le desabrocha el sujetador “porque era necesario” para “masajear” sus pechos. Y es entonces cuando la besa en la boca. Suave muy suave. Cómo si sus labios fueran de papel. Y es entonces cuando baja su mano por dentro de las bragas pero sin llegar a masturbarla. Ella muda y presa del miedo no hace nada. Siente calor en sus mejillas y la extraña sensación de que es imposible que le esté ocurriendo aquello y que pronto todo volverá a la normalidad. Un golpe de viento azota aquella puerta que los separa del mundo real. Él se sobresalta. Sabe que hace daño. Claro que lo sabe. Pero le da igual. “Sé que nunca dirás nada por tu carácter.”, le dice al oído.

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