Hay cuerpos…

 

Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Hablo de aquellos —sin alma— que os desgarran la carne hasta dejarse entrever la pálida fascia que separan vuestros tejidos sonrojados. Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Te intoxican el cerebro hasta atormentar vuestros pensamientos. Estos vuelan inocentes hasta ser apresados y analizados sobre la mullida almohada. Entre tanto, la luna es clara y limpia. El cielo no llora. La primavera es. Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Os desfloran de tal modo que no vuelve esa forma pura y virgen de vosotras mismas. —Y no hablo del himen, pero también. —Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Se sellan en la memoria y arrancan con sus garras y cuchillas las costras de vuestras heridas.

 

Los cuerpos arden con el fuego,

 

Adiós cuerpo, adiós.

 

Pero su memoria nada por siempre en vuestros pensamientos.

 

Y cuando despertáis, con la cabeza sobre la almohada, ya sois otra versión de vosotras mismas.

 

 

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Hay cuerpos que son como armas.

Una de Portlandia (2/2)

Entramos en aquel local de estriptis de carretera. Y no, no olía a coño y estaba muy limpio. Estaba emocionada por ver aquello, pero era de una manera muy distinta como me lo había imaginado. Era como una comunidad de amigos. Lo encontraba muy divertido, y, a mi parecer, Lindsey también. Opinaba que su vida le faltaba acción, viaje y descubrimiento sobre  sus verdaderas pasiones-apenas acababa de mudarse allí; sus raíces  no sacarían nada en limpio de sus inquietudes y problemas de ansiedad. Pero Portland parecía su vía de escape. Y oye, es un buen sitio dónde volver a nacer y descubrirse. Una estríper se acercó a ella y le dijo algo al oído. Me dijo que no podía desvelarme el secreto porque es una norma entre estríper y cliente. Un partido de la NBA jugaba de fondo pero sólo yo parecía prestarle atención. Era sumamente de agradecer que la caja tonta estuviera encendida- ayudaba a tener un margen de tiempo para poder ser natural y al mismo tiempo pipear el ambiente. Entraron otro par de mujeres. No me sentía incómoda, la verdad. Era como estar en un bar corriente pero con gente casi desnuda o bailando desnuda. Una estriper vino a hablarme. Qué tal y todo eso. Muy bien y tal y cual, aquí tomando una cerveza y relajándonos un rato. Y se fue. Muy maja, oye.

 

Lindsey, que se aprendió toda la canción de memoria,  la cantaba a la carretera. Yo observaba la lluvia caer sobre la ventana. Se respiraba tanta paz…

And I’m on my way
I don’t know where I’m going
I’m on my way I’m taking my time
But I don’t know where
Goodbye to Rosie the queen of Corona
See you, me and Julio
Down by the schoolyard
See you, me and Julio
Down by the schoolyard
See you, me and Julio
Down by the schoolyard

Y Lindsey me dio un dólar y me dijo que lo pusiera en la striper que estaba bajándose las bragas en la barra americana; me bebí la cerveza negra, me puse todas mis capas de ropa para aguantar el frío y le dejé el dólar sobre la mesa más cercana a la barra americana. Total, no era rubia. Ni atractiva. Ni mi tipo. Me hice la europea elegante y educada y pregunté a unas stripers el protocolo. También lo agradecieron, claro está. Y me parecieron un amor de personas. Me subieron el autoestima diciendo que si bailaba les quitaría todas las propinas. No tienen ni idea de lo que hablan. Con lo arrítmica que soy y poco sensual, espantaría a toda clientela.

-¡A veces no puedes tocar la estríper! –me explicó Lindsey. Sin embargo, quería preguntar. Esa vena de periodista la llevaré hasta la tumba. De todas formas, poco margen tenía de dejarle dinero entre la ropa interior, porque ya se la había sacado toda. Y demonios, no pienso acercarme a territorio prohibido. Ella sabe a lo que me refiero, y sigue cantando la canción de Paul Simons. Y me pregunto que le habrá dicho la estríper, pero se que tuvo que ver conmigo. Y la lluvia sigue golpeando contra el parabrisas del coche.

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