El tiempo pasa y el camino perdura

Marcos es muy viejo, tiene muchas entradas y el pelo se le va quedando blanco, pero sus ojos brillan con ansia, y son de buen ver. También lee mucho y viste de estilo deportivo. Marcos sabe mucho de la vida. Pues viajó mucho. Tiene un libro sobre el camino de Santiago sobre sus manos; de repente, aquella terraza que se avecina soleada hacia la carretera en una cafetería de California se convierte en el casco viejo de Santiago. La catedral se agita a sus espaldas. En medio del libro hay una estampa del Apóstol, desgastada y arrugada, y, sin embargo, la mira con detenimiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué el tiempo pasa para no volver? ¿Por qué? Pierde la mirada en la nada y las calles cobran vida. De repente, está en una terraza; más turistas y locales de la zona. El área se impregna del aroma de los calamares y del pulpo; se esfuma la carretera, la mesa de madera común y aquella gente banal como si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta las calles viejas con sus adoquines de piedra, el cielo gris que abre la noche, con los últimos rayos del sol filtrándose entre los edificios, y Marcos vuelve a ser joven, un hombre esbelto y atlético que huele a macho por no ducharse durante dos días y dormir en albergues. Pero sus ojos, siguen siendo los mismos. Brillan con ansia y son de buen ver. Sentado junto a él hay una muchacha, joven y apuesta. Lee a Hemingway y le sonríe.

– ¿Sabes que Hemingway se hospedó aquí en Santiago?– le dice a la joven.
– ¡Qué me dice! -le responde y vuelve a sonreír.
Por su mente desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; aquel joven ya no está, aquella terraza europea se desvaneció y su libro yace en su pecho. Vuelve a contemplar la estampa del Apóstol desgastada y arrugada guardada entre las páginas de aquel libro. Algunos coches pasan por la carretera y la luz del sol empieza a quemar su piel.

 

Descuento ebooks Banner 728 x 90