Unexpected stop in Oklahoma

The plane lands at the closest airport to Oklahoma, despite not being the destination chosen. San Francisco is still three and a half hours away… In the aisle an extra extra large man, and the default flight attendant, is in charge of serving glasses of water and salted crackers to the passengers. They do not seem very angry, rather reigning in calmness.

“What happened?” A girl starts up.

“A problem with the air pressure when we were flying over Texas, and I don’t know what about the bathrooms. I was half asleep.”

“Me too. I thought we had arrived in San Francisco.”

Some passengers get up and go to the giant man to ask for sandwiches.

“I don’t know what has happened! Now we’ll have to wait for them to give us information from the cockpit!” The big man points out while the rest scarf down his snacks.

One of the girls takes out a coloring book from her bag. And a pencil case with soft tone colors.

“I like painting. It relaxes me,” she points out.

“Yeah, it’s great,” the other points out.

“Would you write something for me there?”

“I don’t know.”

“Something that describes you. A phrase. Something.”

“Do you mind if it’s in Spanish instead of English?

“Not at all.”

The girl takes out a brown color pencil and writes “Take risks.”

“Have you ‘taken’ many risks in your life?” Says the girl forcing a Spanish accent when she tries not to speak English.

“I am a little embarrassed. The other passengers can hear us talking. But let’s just say yes.”

“You wouldn’t be traveling to california in an over 24 hr trip if you hadn’t.”

“ah?”

The girl laughs. Not trying to be rude, but because of the giggle worthy effect of an American speaking spanish.

“Passengers we are going to continue on our flight in 20 minutes”

“I just hope my family does not get unhinged. Today was the Orlando massacre.

“You’re right.”

 

El tiempo pasa y el camino perdura

Marcos es muy viejo, tiene muchas entradas y el pelo se le va quedando blanco, pero sus ojos brillan con ansia, y son de buen ver. También lee mucho y viste de estilo deportivo. Marcos sabe mucho de la vida. Pues viajó mucho. Tiene un libro sobre el camino de Santiago sobre sus manos; de repente, aquella terraza que se avecina soleada hacia la carretera en una cafetería de California se convierte en el casco viejo de Santiago. La catedral se agita a sus espaldas. En medio del libro hay una estampa del Apóstol, desgastada y arrugada, y, sin embargo, la mira con detenimiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué el tiempo pasa para no volver? ¿Por qué? Pierde la mirada en la nada y las calles cobran vida. De repente, está en una terraza; más turistas y locales de la zona. El área se impregna del aroma de los calamares y del pulpo; se esfuma la carretera, la mesa de madera común y aquella gente banal como si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta las calles viejas con sus adoquines de piedra, el cielo gris que abre la noche, con los últimos rayos del sol filtrándose entre los edificios, y Marcos vuelve a ser joven, un hombre esbelto y atlético que huele a macho por no ducharse durante dos días y dormir en albergues. Pero sus ojos, siguen siendo los mismos. Brillan con ansia y son de buen ver. Sentado junto a él hay una muchacha, joven y apuesta. Lee a Hemingway y le sonríe.

– ¿Sabes que Hemingway se hospedó aquí en Santiago?– le dice a la joven.
– ¡Qué me dice! -le responde y vuelve a sonreír.
Por su mente desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; aquel joven ya no está, aquella terraza europea se desvaneció y su libro yace en su pecho. Vuelve a contemplar la estampa del Apóstol desgastada y arrugada guardada entre las páginas de aquel libro. Algunos coches pasan por la carretera y la luz del sol empieza a quemar su piel.

 

La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes

 

Amanda se levantó de la cama sobresaltada al escuchar a alguien forzar el pomo de la puerta principal de la casa. Encendió la luz de la sala, miró cautelosamente a través de la ventana de cristal  y salió con precipitación.

-¡Lynete! ¿Qué diablos estás haciendo?

La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes. Su amiga estaba ebria. Allí, estática. Enfadada con los astros. No había nada más que decir. Su novio la había dejado y estaba despechada. El gato de Amanda apareció entre los pies de Lynete camuflado entre la oscuridad. Este se abrió paso altivo y menando su lacia cola.  La joven del pomo de la puerta se abrió paso a continuación. Abrió el grifo de la cocina con tal ferocidad que lo rompió. “¡Tengo muchísima sed, colega! ¿Qué pasa en tu casa… no tenéis agua de grifo o qué coño pasa?”. La chica que dormía apacible en su cama lo cerró con una calma que incitaba a entender que sobrellevaba la situación. “¡En serio! ¡Y aún lo cierras para matarme de sed! ¡Qué angustia la mía!”.  Las gotas caían. Goteaban al ritmo de un reloj de cuco. No hay manera de arreglarlo. “Joder mi vida es un asco, ¡ni calmar mi sed puedo!” Entre tanto, el gato maúlla porque tiene hambre. Lynete abrió  la nevera y comenzó a zampar todo lo que sus ojos veían. Huevos cocidos, las sobras de la taquería, el Gouda que llevaba dos semanas en la despensa… Las gotas del grifo caían aquella noche de sábado. Entre tanto, la luna atisbaba atrevida, blanca y pálida. La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes.

El gato, una vez saciado, volvió a salir a la calle, caminando con cuidado y elegancia como si no quisiera ser un mero espectador de aquella mediocridad humana. Lynete se durmió en el sofá insto-facto. “Clap-clap-clap”, decía el fregadero con sus gotas al caer. Amanda tapó a su amiga con una manta. El olor a rancio y alcohol entraron por sus vías respiratorias. Sin embargo, inhaló la felicidad de poder compartir su casa, su hogar, su espacio… con alguien. La soledad la atormentaba como un fantasma que se reía de su propio fracaso de familia americana perfecta: el gato, su mujer, su hija, dos coches, una casa, un buen trabajo. Pero todo a la mierda. Se agazapó sobre la ventana y observó la luna medio encapotada por las nubes. Se tumbó sobre la cama, se puso su antifaz  se echó a dormir.