Hay cuerpos…

 

Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Hablo de aquellos —sin alma— que os desgarran la carne hasta dejarse entrever la pálida fascia que separan vuestros tejidos sonrojados. Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Te intoxican el cerebro hasta atormentar vuestros pensamientos. Estos vuelan inocentes hasta ser apresados y analizados sobre la mullida almohada. Entre tanto, la luna es clara y limpia. El cielo no llora. La primavera es. Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Os desfloran de tal modo que no vuelve esa forma pura y virgen de vosotras mismas. —Y no hablo del himen, pero también. —Hay cuerpos que son como armas. Creedme. Se sellan en la memoria y arrancan con sus garras y cuchillas las costras de vuestras heridas.

 

Los cuerpos arden con el fuego,

 

Adiós cuerpo, adiós.

 

Pero su memoria nada por siempre en vuestros pensamientos.

 

Y cuando despertáis, con la cabeza sobre la almohada, ya sois otra versión de vosotras mismas.

 

 

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Hay cuerpos que son como armas.

Suena la alarma

Suena la alarma. Lunes. Otro día más sobre la agenda. Ansiedad por un nuevo día tortuoso y aburrido. Dejo caer mi cabeza sobre la almohada. Suena la alarma de nuevo. Me incorporo. El cuerpo de mi marido, marchitado por el paso del tiempo, ya no yace sobre las sábanas ni a mi lado. Escucho el agua caer sobre la ducha. Debo prepararle el desayuno antes de que salga del baño. Debo, pero no quiero. Me incorporo y observo el reflejo de mi cuerpo desnudo sobre el espejo colocado en la pared del cuarto matrimonial. Un regalo de mis suegros cuando nos casamos. “Emma, este espejo es de tradición familiar, tiene un largo legado.” Admiro las afiladas curvas que adentran mis caderas. Todavía soy atractiva. Y tanto. Me asombro al ver mi cara. Recorro suavemente el camino que dibujo con la yema de mis dedos sobre mis rectangulares facciones, sobre mis labios y mejillas, e inmediatamente reparo en mis ojos. Nunca los había tenido tan grandes, tan negros ni tan profundos. Empecé a recorrer con mis manos el resto de mi cuerpo, acariciándome los senos con suma delicadeza y éxtasis, reparando en cada sutil roce con el que se deleitaban mis sentidos. Cierro los ojos por un instante. Con la otra mano me adentro en mi clítoris. Mágica es la naturaleza de la mujer. Gimoteo y vuelvo a observar mis ojos. Nunca los había tenido tan grandes, tan negros ni tan profundos. Me repito hacia mis adentros: “¡Tengo un amante! ¡Un amante! Y me corro.

 

 

Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas

 

           Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego. Cruzan miradas, y para evitar el reflejo de sus cuencas heridas, abren el bolso para sacar el teléfono móvil y evadirse de la realidad. Buscan imágenes de vidas idílicas proyectadas en Instagram. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Piensan en sus quehaceres. Se atrincheran en sus mentes como un ferry bien sujeto al embarcadero. “¿Qué pasará mañana en el trabajo? ¿Podré pagar las cuentas?”, piensa él. “¿Por qué mi novio me ha engañado? ¿No soy suficiente para él?, piensa ella. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz.  Se levantan para bajar en la misma parada de metro. No cruzan miradas una vez más. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego.

La vida.

Dos caras.

Una misma moneda.

Y gente sin vida.

Pero que existe.