Comunicación no verbal

 

 

Esa iniciativa de levantarte del bar cuando yo me despido del resto. Esa súplica de que te cuente historias que jamás quisiste escuchar antes. Esa espontaneidad de sujetarte de mi brazo. Esa sonrisa divertida que despierta de su largo letargo. Ese mundo que te parecía gris y de repente te hace gracia y quieres comértelo a bocados. Esa forma de despedirte de mí diferente al resto. Esa ansia de generar nuevas conversaciones minutos previos a cruzar la calle y seguir con nuestros caminos. De repente sé más de ti. Nos seguimos despidiendo otras tres veces más. Pienso “¿Me volverá a tocar antes de irse?” y me pegas con el paraguas en el trasero.

Te vas y a lo lejos te ríes divertida.

Eres eso para mí.

Comunicación no verbal.

 

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Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas

 

           Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego. Cruzan miradas, y para evitar el reflejo de sus cuencas heridas, abren el bolso para sacar el teléfono móvil y evadirse de la realidad. Buscan imágenes de vidas idílicas proyectadas en Instagram. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Piensan en sus quehaceres. Se atrincheran en sus mentes como un ferry bien sujeto al embarcadero. “¿Qué pasará mañana en el trabajo? ¿Podré pagar las cuentas?”, piensa él. “¿Por qué mi novio me ha engañado? ¿No soy suficiente para él?, piensa ella. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz.  Se levantan para bajar en la misma parada de metro. No cruzan miradas una vez más. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego.

La vida.

Dos caras.

Una misma moneda.

Y gente sin vida.

Pero que existe.

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Abuelo le gustaba matar las horas observando el vacío del profundo e inmenso mar. Y pensar que quizás algún pescado caería en el anzuelo. “Jesús non pescas para ti nin as mulleres nin os peixes, oh!”, le decía su amigo de tantos años ya. Así que decidió hacer las paces con su hija y pasar más tiempo con su nieto.

 

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Nieto le gustaba jugar con su pelota de la Champions League. Algún día se llenaría de fama y gloria y sería el pichichi del equipo. Algún día haría virguerías con la pelota y viajaría más que mamá.

A veces intentaba acercarse a Abuelo. Parecía triste y los silencios eran cada vez más largos. Al fin y al cabo, cuantos más cortos más incómodos eran. Aquellos momentos de reflexión y los carraspeos de garganta de Abuelo eran el reflejo de que ambos eran meros desconocidos. Nieto observaba como nadaba un pequeño cangrejo en su cubo de plástico. ¿El recipiente estaba medio lleno o medio vacío? La pequeña criatura nadaba y giraba sobre sí misma medio perdida. Nieto alzó sus ojos hacia Abuelo, pero éste tenía la mirada pendida de la nada, en la distancia.

 

Entonces fue cuando ella se cruzó con su silencio. Era ella. Era la vecina inglesa que veraneaba cada año en el portal 78. Y Abuelo se percató de aquella hechicería que se propagaba por el cuerpo de su nieto. Y él, a su vez, no pudo evitar perderse entre sus largas piernas.

Y entre sus pensamientos.

Y en Abuela y sus largos veranos en la niñez.

Y en el paso del tiempo.