Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas

 

           Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego. Cruzan miradas, y para evitar el reflejo de sus cuencas heridas, abren el bolso para sacar el teléfono móvil y evadirse de la realidad. Buscan imágenes de vidas idílicas proyectadas en Instagram. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz. Piensan en sus quehaceres. Se atrincheran en sus mentes como un ferry bien sujeto al embarcadero. “¿Qué pasará mañana en el trabajo? ¿Podré pagar las cuentas?”, piensa él. “¿Por qué mi novio me ha engañado? ¿No soy suficiente para él?, piensa ella. Y la moneda gira y gira sobre sus cabezas. A veces sale cara. Otras cruz.  Se levantan para bajar en la misma parada de metro. No cruzan miradas una vez más. Siguen caminando sin sentir que su vida está en juego.

La vida.

Dos caras.

Una misma moneda.

Y gente sin vida.

Pero que existe.

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Abuelo le gustaba matar las horas observando el vacío del profundo e inmenso mar. Y pensar que quizás algún pescado caería en el anzuelo. “Jesús non pescas para ti nin as mulleres nin os peixes, oh!”, le decía su amigo de tantos años ya. Así que decidió hacer las paces con su hija y pasar más tiempo con su nieto.

 

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Nieto le gustaba jugar con su pelota de la Champions League. Algún día se llenaría de fama y gloria y sería el pichichi del equipo. Algún día haría virguerías con la pelota y viajaría más que mamá.

A veces intentaba acercarse a Abuelo. Parecía triste y los silencios eran cada vez más largos. Al fin y al cabo, cuantos más cortos más incómodos eran. Aquellos momentos de reflexión y los carraspeos de garganta de Abuelo eran el reflejo de que ambos eran meros desconocidos. Nieto observaba como nadaba un pequeño cangrejo en su cubo de plástico. ¿El recipiente estaba medio lleno o medio vacío? La pequeña criatura nadaba y giraba sobre sí misma medio perdida. Nieto alzó sus ojos hacia Abuelo, pero éste tenía la mirada pendida de la nada, en la distancia.

 

Entonces fue cuando ella se cruzó con su silencio. Era ella. Era la vecina inglesa que veraneaba cada año en el portal 78. Y Abuelo se percató de aquella hechicería que se propagaba por el cuerpo de su nieto. Y él, a su vez, no pudo evitar perderse entre sus largas piernas.

Y entre sus pensamientos.

Y en Abuela y sus largos veranos en la niñez.

Y en el paso del tiempo.

 

 

 

 

 

El café está frío

 

Acerco la taza de café a la comisura de mis labios. Vierto su contenido en mi boca. Saboreo su olor y textura. Cierro los ojos y entonces. Es entonces cuando apareces tú. Dibujo círculos con el dedo alrededor de la taza, apoyada sobre la mesa ya. Inquieto y curioso mi cuerpo se tambalea hacia delante. Mis pensamientos se preguntan quién eres y qué haces por aquí. Pareces forastero. También me pregunto dónde escondes toda esa energía y vitalidad. Cuántas preguntas y cuánta curiosidad retenida ya. Es que menuda sonrisa. Sonríes a años luz. No sé que le preguntas a la camarera, ¡ojala pudiera saberlo! pero parece que te ha convencido de quedarte por aquí. Y no sé porqué de la barra te diriges a tomar asiento a la mesa ubicada enfrente de . ¡Con tantas mesas libres! Y te pides una copa. Cuando es servida sobre tu mesa, tu mirada se posa en la mía. Bebes un sorbo, vuelves a comprobar si he desviado la mirada, y al confirmar tus dudas, vas y te ruborizas.

 

No te engañes.

El alcohol no va a apagar el fuego de tus mejillas.

No te engañes.

El alcohol no va a borrar aquella sonrisa tímida que ni puedes reprimir cuando apartas tu mirada de la mía.

No te engañes.

El alcohol y la alianza no van a ocultar tus mentiras.

No te engañes.

Sobre todo no te engañes.

Y perdona por descolocar tu mundo.

Así de repente.

Tu mundo de agonía perfecta.

No puedo evitar contemplarte.

Y no voy a decir lo siento.

No por esto.

Invocas en mí el placer de soñar despierto.

¿No te das cuenta que somos diferentes a los demás?

Joder.

Deja de fingir.

Y perdona, perdona por no querer dirigirte la palabra.

Al fin y al cabo es lo que me gusta de las relaciones.

No intervenir. No intermediar.

¿Acaso te van a llamar maricón de mierda por mirarme?

¿Acaso a mí?  

 

Me gusta tu pelo. Es rubio. Pareces de Europa del norte. Es más. Lo eres, seguro. Me parece que me lees los pensamientos a través de mis ojos porque me sonríes. Estás de postal. Y me llenas el alma y tengo ganas de reír sin aparente razón. No sé por qué no puedo avergonzarme ni lo más mínimo de no querer apartar mi atención plena en ti. Cuánta belleza hay en el mundo. Joder. Me gusta cómo te ruborizas entre nuestros silencios compartidos como de un clímax se tratase. Hay tanta paz. Tanto que contemplar y compartir. Pareces dispuesto a hablarme. Te sudan las manos. Miras hacia los lados. Y me pregunto, si vas a tomar el primer paso y el comienzo de nuestras vidas. Mi corazón canta. Y mi alma se agita. De repente, alguien te llama al móvil. Te pones nervioso y bebes rápido tu copa. Ves el reloj. Dejas el dinero encima de la cuenta sin importarte el cambio. Recoges tu maletín apresuradamente y cuando vas a abrir la puerta para irte y no volver jamás, vas y te despides girándote con esa cara de querer detener el mundo y quedarte aquí conmigo. Mirándonos hasta comernos las entrañas y descifrar los secretos del mundo juntos. Pero es entonces, cuando cruzas esa puerta y continúas tu vida.

Tu dulce mentira.

Sin mis miradas.

Sin nuestro silencio.

Sin nuestro deseo.

Sin nuestra única oportunidad de conocernos y ver si ser feliz no es tan solo una ilusión marcada por nuestra puta sociedad. Acerco la taza de café a la comisura de mis labios. Vierto su contenido en mi boca.

Está sin sustancia.

Sin textura.

 

El café está frío.