Llovió a cántaros 

 

La mirada interior:

sol púrpura

bosques de hojalata,

viento de agua,

pájaros que sueñan volar.

 

Abrí los ojos,

los lancé hasta el cielo,

y atravesé nubes de algodón de azúcar.

 

No había nadie.

Sólo el páramo: cactus, rocas, tierra.

No cantaba el pájaro,

la brisa no corría,

los senderos eran ríos secos,

y el aire polvo de estrellas.

 

Volví a cerrar los ojos.

Llovió a cántaros.

 

-Beatriz Alonso Cabaleiro, Galicia, enero 2018.

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Una de Portlandia (2/2)

Entramos en aquel local de estriptis de carretera. Y no, no olía a coño y estaba muy limpio. Estaba emocionada por ver aquello, pero era de una manera muy distinta como me lo había imaginado. Era como una comunidad de amigos. Lo encontraba muy divertido, y, a mi parecer, Lindsey también. Opinaba que su vida le faltaba acción, viaje y descubrimiento sobre  sus verdaderas pasiones-apenas acababa de mudarse allí; sus raíces  no sacarían nada en limpio de sus inquietudes y problemas de ansiedad. Pero Portland parecía su vía de escape. Y oye, es un buen sitio dónde volver a nacer y descubrirse. Una estríper se acercó a ella y le dijo algo al oído. Me dijo que no podía desvelarme el secreto porque es una norma entre estríper y cliente. Un partido de la NBA jugaba de fondo pero sólo yo parecía prestarle atención. Era sumamente de agradecer que la caja tonta estuviera encendida- ayudaba a tener un margen de tiempo para poder ser natural y al mismo tiempo pipear el ambiente. Entraron otro par de mujeres. No me sentía incómoda, la verdad. Era como estar en un bar corriente pero con gente casi desnuda o bailando desnuda. Una estriper vino a hablarme. Qué tal y todo eso. Muy bien y tal y cual, aquí tomando una cerveza y relajándonos un rato. Y se fue. Muy maja, oye.

 

Lindsey, que se aprendió toda la canción de memoria,  la cantaba a la carretera. Yo observaba la lluvia caer sobre la ventana. Se respiraba tanta paz…

And I’m on my way
I don’t know where I’m going
I’m on my way I’m taking my time
But I don’t know where
Goodbye to Rosie the queen of Corona
See you, me and Julio
Down by the schoolyard
See you, me and Julio
Down by the schoolyard
See you, me and Julio
Down by the schoolyard

Y Lindsey me dio un dólar y me dijo que lo pusiera en la striper que estaba bajándose las bragas en la barra americana; me bebí la cerveza negra, me puse todas mis capas de ropa para aguantar el frío y le dejé el dólar sobre la mesa más cercana a la barra americana. Total, no era rubia. Ni atractiva. Ni mi tipo. Me hice la europea elegante y educada y pregunté a unas stripers el protocolo. También lo agradecieron, claro está. Y me parecieron un amor de personas. Me subieron el autoestima diciendo que si bailaba les quitaría todas las propinas. No tienen ni idea de lo que hablan. Con lo arrítmica que soy y poco sensual, espantaría a toda clientela.

-¡A veces no puedes tocar la estríper! –me explicó Lindsey. Sin embargo, quería preguntar. Esa vena de periodista la llevaré hasta la tumba. De todas formas, poco margen tenía de dejarle dinero entre la ropa interior, porque ya se la había sacado toda. Y demonios, no pienso acercarme a territorio prohibido. Ella sabe a lo que me refiero, y sigue cantando la canción de Paul Simons. Y me pregunto que le habrá dicho la estríper, pero se que tuvo que ver conmigo. Y la lluvia sigue golpeando contra el parabrisas del coche.

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Escúchame. Soy la lluvia al golpear tu ventana

Escúchame. Soy la lluvia al golpear tu ventana. No quería interrumpir  tu  placer de domingo. Pero escúchame por favor porque yo también lo hago. Me cuesta hacerlo, bueno. Pero lo intento. Y no sé por qué no te molesto. Espera… Oigo de fondo la película mala de Antena 3 acompasado por tus movimientos en cama encontrando un hueco en donde refugiar tus sueños. ¡Ah! Y también oigo tus miedos. Vienen y van. Se alejan y vuelven efecto boomerang. Escúchame. No temas. Soy la lluvia al golpear tu ventana. Y quiero saber más de ti. Sí. De ti. Presiento tu cansancio en el cuerpo, vaya. Mis amigos y yo te hicimos correr por el granizado, ¿eh? ¿Pero no estuvo mal, no? Te sentías libre y revoloteabas feliz con tu padre. “Papá, vamos a refugiarnos de la lluvia y llamamos para que nos recojan”, gritaste acompasando tus bocanadas de aire con aquella sonrisa imborrable. Atraviesa un coche por vuestro camino. La lluvia apenas te deja entrever la silueta del vehículo. Saludas al conductor con los brazos en alto sin detener el ritmo. Pisada a pisada más agua te entra por las deportivas y bolsillos. “¡Ay, guárdame el móvil o se morirá ahogado porfa!”. Sois libres. Libres y créeme que se escuchar. No podéis simple y llanamente parar de reír. ¿Vaya momento padre e hija, no? “Sí, ya. No hay dónde esconderse. No pares y corre”, te contesta y al poco añade: “Así sí que merece la pena salir a correr”. Vaya. No sé si disculparme al fin de cuentas por haberte hecho correr bajo la granizada floral. Perdóname. Pero escúchame, por favor, porque yo también lo hago. Escúchame. Soy la lluvia golpear tu ventana. Porque es primavera en Galicia.

Y en abril.

Aguas mil.