Eran negras…

Eran negras las sombras de los barquitos y blanca el alma del náufrago.

Azules son, ahora y siempre, las ondas del mar.

Rojos, los reflejos de un sol atormentado bajo las  pícaras nubes del atardecer.

Amarillos, los rayos latentes y casi lejanos de la esperanza. Luz solar, escondida casi ya, bajo el color de la tierra y del barro.

Eran negras las sombras de las montañas del horizonte y blanca el alma del náufrago.

 

fullsizerender-6

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Abuelo le gustaba matar las horas observando el vacío del profundo e inmenso mar. Y pensar que quizás algún pescado caería en el anzuelo. “Jesús non pescas para ti nin as mulleres nin os peixes, oh!”, le decía su amigo de tantos años ya. Así que decidió hacer las paces con su hija y pasar más tiempo con su nieto.

 

Abuelo y Nieto pasaban horas y horas en el puerto. A Nieto le gustaba jugar con su pelota de la Champions League. Algún día se llenaría de fama y gloria y sería el pichichi del equipo. Algún día haría virguerías con la pelota y viajaría más que mamá.

A veces intentaba acercarse a Abuelo. Parecía triste y los silencios eran cada vez más largos. Al fin y al cabo, cuantos más cortos más incómodos eran. Aquellos momentos de reflexión y los carraspeos de garganta de Abuelo eran el reflejo de que ambos eran meros desconocidos. Nieto observaba como nadaba un pequeño cangrejo en su cubo de plástico. ¿El recipiente estaba medio lleno o medio vacío? La pequeña criatura nadaba y giraba sobre sí misma medio perdida. Nieto alzó sus ojos hacia Abuelo, pero éste tenía la mirada pendida de la nada, en la distancia.

 

Entonces fue cuando ella se cruzó con su silencio. Era ella. Era la vecina inglesa que veraneaba cada año en el portal 78. Y Abuelo se percató de aquella hechicería que se propagaba por el cuerpo de su nieto. Y él, a su vez, no pudo evitar perderse entre sus largas piernas.

Y entre sus pensamientos.

Y en Abuela y sus largos veranos en la niñez.

Y en el paso del tiempo.

 

 

 

 

 

La rima seguía sin ser encontrada

Jaime escribía un poema en su escritorio. Era una mañana soleada en Barcelona. Siempre se decía a sí mismo que escribir era reescribir. Se quedó dormido tras no encontrar la rima adecuada. Despierta sobre una toalla en la playa de Creus. Toma primero conciencia de su cuerpo. Mueve las manos. Toca la arena. Esta se desliza entre sus dedos. Fina, cálida,pegajosa. Mueve los dedos de los pies y se estira como si acabase de levantarse de la cama. Jóvenes parejas van de la mano. Pasean por la orilla. Huele a crema protectora solar. De repente el paisaje comienza a distorsionarse y a cambiar de dimensión.  Sólo puede ver el cabo de Creus a lo lejos. Objetos extraños y distorsionados se acercan a él, dejando fuera de su campo de visión aquellas rocas iluminadas por el crepúsculo. Camina y se aproxima a un reloj situado boca abajo. No puede ver el tiempo. Camina y observa otro derretido. “¿Desde cuando existen relojes derretidos?”, piensa. Toma conciencia de la hora y le da vueltas en la cabeza a sus asuntos particulares “¿me dará tiempo a volver a casa y terminar de escribir?”. Camina hacia otro reloj fundido pendido de la rama de un árbol disecado y sin hojas. Toma su tiempo y se detiene por un instante antes de dirigirse hacia el último reloj derretido. “Marca una hora distinta, ¿y si están estropeados?”. Jaime caminaba alrededor de aquel contexto confuso. Cada vez sentía con mayor intensidad el calor que lo rodeaba sin ninguna sombra. Sin ninguna brisa. El mar, el paisaje, estaban allí, al fondo, como acuarelas pintadas. Cada vez el contexto de aquel escenario surrealista es menos nítido.

Calor.

Agobio.

No podía respirar.

Se despertó agotado al cabo de unos segundos, con la cabeza apoyada sobre el escritorio.

Lo primero que hizo fue sujetar su reloj de mano para corroborar la hora.

Estaba averiado.

Y la rima seguía sin ser encontrada.

arte_contemporanea_029