Carnaval, carnaval

Se acerca el carnaval. No puedo evitar que me atropellen por la mente aquellos años en primaria. Era una cría. Una cría sí. Pero cómo detestaba el carnaval del colegio.

¡Y no sabéis cuánto! Sólo es necesario analizar los álbumes de fotografías familiares para ver mi cara en cada una de ellas. Sí. Esa cara con la frente fruncida, los párpados hacia arriba y los labios insinuando mi rabia y desdén entre líneas fáciles de leer. ¿Entre tanto? Entre tanto, la imagen nítida de mi madre diciendo “¡sonríe!” segundos antes de pulsar el botón de la cámara analógica. ¿El resultado? El resultado, la captura de imágenes insulsas, sin alma. El retrato de una niña desilusionada. Y así todos los carnavales de mi vida. Uno tras otro. Y siempre en el mismo escenario. Yo situada de pie, tiesa como un palo, al lado de la columna de la habitación de mamá instantes previos a la obturación de la cámara. Los disfraces iban variando. Sí. Pero nunca a mi gusto.

Era un suplicio para mí. Un suplicio no poder vestirme de vaquero y tener que ir de vaquera por ser niña. Un suplicio no poder ir de héroe como los demás niños y tener que ser la princesa de un cuento de hadas en el que yo no creía. Un suplicio no poder ser Peter Pan y tener que ser Campanilla.

Una tortura. Sí. Una auténtica tortura. Los estereotipos del género limitaron mis sueños de la niñez. ¿Cómo podría jugar con Iago a ser los héroes en el patio del recreo si mi disfraz era de la princesa que esperaba al anti-héroe ya cargado de gloria? ¿Cómo iba a combatir al Capitán Garfio si no era más que la mediocre de Campanilla encerrada en un frasco de cristal?

He aquí el reflejo de nuestra sociedad. Una sociedad fundamentada sobre unas construcciones meramente culturales y convencionales, elaboradas a partir de los roles y estereotipos que cada sociedad asigna a los sexos. Lucy Gilber y Paula Wesbter sostienen en The Danger of Feminity. Gender diferences: Sociology or Biology? que aunque muchos crean que el hombre y la mujer son una expresión natural de un plano genético, el género es producto de la cultura y del pensamiento humano, una construcción social que crea la verdadera naturaleza de todo individuo.

Los defensores de la ideología de género afirman que se han admitido en el pasado ideas y conceptos aceptados universalmente como naturales (varón, mujer) pero que en realidad son básicamente construcciones sociales y culturales “para mantener la hegemonía el dominio masculino”. De hecho, Judith Butler, ideóloga de género y autora de Gender Trouble: feminism and the Subversion of Identitiy (Routlege, New York, 1990) dice así: “Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras.”

Era una niña desilusionada. Una niña que intentaba ser libre y recrear su imaginación.

Sólo pedía ser ella.

Elegir ella.

Soñar ella.

Jugar ella.

Pero los demás. Los adultos. Sólo veían a una niña nadando a contracorriente. Y ésta, incrédula, no entendía porque no podía ser la protagonista del cuento que soñaba ser. Y empezó a pensar que su opinión no valía nada por el mero hecho de ser “mujer” y tener que ser la princesa callada y sumisa, la que no juega ni se ensucia y la que colecciona Barbies en la estantería de casa.

Y así todos los carnavales de su vida. Uno tras otro. Y siempre en el mismo escenario. Ella situada de pie, tiesa como un palo, al lado de la columna de la habitación de su mamá instantes previos a la obturación de la cámara. Los disfraces iban variando. Sí. Pero nunca a su gusto.

Pues eso fue mi Carnaval. Año tras año. Hasta que crecí y entendí que no encajo ni yo ni nadie en estos absurdos y obsoletos convencionalismos.

Ana

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Un 15 de junio a las 20:15 horas nació Ana. Sería la primera de cuatro hermanos. Dos varones y dos mujeres.
Yo nacería años después. Ana me cuidaba, me paseaba por el pueblo…. Tanto tiempo pasábamos juntas que por diversión la llamé en una ocasión “Mamá” ¿El resultado? Que las señoras del pueblo se escandalizaran “Tan joven y con una hija”.
Pues sí. Una fresca Ana. Una fresca.
En mi adolescencia Ana vino a buscarme al colegio durante una temporada con su SEAT Ibiza blanco y el CD de Cranberries siempre sonando una y otra vez como banda sonora de nuestras vidas. Bajábamos las ventanillas y cantábamos juntas. Los chicos se quedaban mirándole. De vez en cuando los mayores del colegio me preguntaban por ella. Para que ocultarlo. Yo siempre me sonrojaba.
Bebí de mis primeras copas con ella. “ Santa Teresa con Coca-cola, por favor.” en un bar jugando al Trivial “ Beatriz tu el vaso menos cargado”. Fue entonces, cuando le llamaron la atención sus amigas y jamás volvió a ejercer como una madre para mí. Si no como una buena amiga. Y cómo lo que es: mi hermana.
Ahora que estoy en Valencia aprecio más los pequeños detalles que siempre se saborean mejor: todo lo que he aprendido a través de ella, que somos jóvenes siempre, recordar nuestro viaje juntas en mi nueva ciudad, el apoyo incondicional de una hermana y, sobre todo, que persiga mis sueños y me coma el mundo.
Gracias Ana.

Felicidades ahora sí, de tu hermana pequeña, la pesada que te quiere.

Valencia, 15 de junio de 2015

RyL

Me llamo “R”, y junto con “L”, anglicismos de “Right” y “Left”, respectivamente, aislamos a la gente de su realidad para ayudar a que se focalicen en su mente sus sueños y deseos más profundos.  Concretamente a nuestros dueños, claro.

Ana se ha roto la pierna y la tiene enyesada. No sé si la tiene llena de dibujos y garabatos de sus amigos, a excepción que lo leyese claro. Tanto yo, “R”, como “L”, somos ciegos. Y poco podemos, por tanto, y muy a nuestro pesar, aportar información al respecto.

Sus movimientos son torpes desde aquella caída en bicicleta. Ana iba muy bebida. ¡ Y tanto ! Se cayó colina abajo del río Turia. Aún tuvo suerte – o no– depende como se mire. Con que la policía  no la multase por conducir bajo los efectos del alcohol. Pero eso es otra historia.

Nosotros la aislamos del bullicio presente en la cafetería de su facultad. Demasiada muchedumbre, ruido de pasos, de sillas arrastradas, palabras y griteríos en  valenciano, platillos apoyando tazas, la máquina del café en funcionamiento, la caja abriéndose y cerrándose…

En cambio, Ana, parece que no forma parte de aquello. Está ahí con nosotros y “The Beatles” estudiando Geografía política. Ella piensa que el “karma” le ha dado una lección y que tiene que centrarse en sus estudios.

Suena el timbre. Se levanta de su silla, y en esto, aparece él.

  • ¿Quieres que te ayude a llevar las cosas?

  • Ella sonríe tímidamente.

  • ¿ Cómo llevas el examen?

En un abrir y cerrar de ojos Ana se había ido dejándonos allí. En la mesa, olvidados de la mano de Dios. Ya no le éramos útiles. Ya no nos necesitaba. No, definitivamente, no.

El camarero observa el vacío. Mirada perdida y fija en el horizonte. Balbucea algunas palabras para sí mismo.

-¡ Domingo ! ¡ Limpia la mesa número 4 !

– Ya va… ya va… Felipe, ya va…

Pasa el paño húmedo y este tropieza contra un objeto. He aquí, el momento en el que nos encuentra el empleado.¡ Dios ha escuchado nuestras plegarias!

Quedan treinta minutos exactos para verla. Se quita los cascos de los bolsillos y se los coloca en los oídos. Así limpia el suelo de detrás del mostrador al ritmo del blues.  Eso sí, sin antes peinarse el cabello y  sacar el desodorante escondido de la despensa. En estos casos es muy importante. Tararea en alto. El jefe se ha ido y puede darse el gusto. Mientras tanto, piensa en ella. En aquella mujer madura y misteriosa para sus ojos. (Ya que nosotros,” R”y “L”, no la podemos ver).

La imagina cercana. Su cabeza apoyada contra su pecho por la mañana. Besos pasionales. Con la lengua. Agua de la ducha, caliente, como sus cuerpos cayendo sobre ellos.

  • Un quinto sin alcohol, por favor,

El arcoíris dibujado en su sonrisa.

-Tome. Unas olivas. Invita la casa.

El roce de sus manos con el cambio de cinco euros hace que acaricie el cielo.

“Mañana más y mejor”, pensó. Cerró la cafetería bajo cerrojo. Tras saludar al vigilante nos metió en sus bolsillos y salió a la entrada a fumar.

Ahí fue cuando caímos al suelo y quedamos perdidos, una vez más, de la mano de Dios.

La señora de la limpieza, la del turno de la noche, nos encontró. Está tan acostumbrada a fijarse en el suelo que no tardamos ni medio segundo en cambiar de manos. Esta vez, sí. Dios escuchó nuestras plegarias. ¡Y a través de la vía rápida!¡Y tanto… ¡Vamos!

Nos dirige hacia los servicios de mujeres. Allí podrá usarnos sin preocuparse si al de vigilancia

Nos dirige hacia los servicios de mujeres. Allí podrá usarnos sin preocuparse si al de vigilancia se le aprietan las ganas de ir al baño.

Nos conecta a su móvil. Pone “El Lago de los Cisnes”  y entramos en contacto con su mente.

Sus movimientos son torpes, pero no importa. Es feliz. Lleva un tutú rosa, pelo recogido en un moño y mallas. Unas voces ganan fuerza. Es la profesora Roberta. Le riñe. Le dice que tiene que mejorar su técnica. ¡Nunca pensó que fuera a añorar aquello! ¡Bella juventud perdida!

Aquella en la cual no supera ni el metro cincuenta, ni en aquella en la que se le presentan unos senos crecidos y turgentes. Pero no importa. Allí, al igual que nuestros anteriores dueños, en nuestro mundo compartido, ella es feliz.

En el lavabo de hombres, quedamos olvidados de la mano de Dios, y esta vez para caer en las manos del vigilante… Que Dios se apiade de nosotros…

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