Pues la vida yo idealizo

 

Dame, vida, una ducha de agua fría,
tu persistente desazón,
para acabar con el vacío,
oh, mundo raro,
oh, mundo oculto,
que la vida va en serio.

Arde, mi pecho, arde sin llamas,
apagado y hambriento de amor,
ceniza que aviva,
el desierto que en mí, habita.

Arde en la soledad que nos deshace,
el mundo me parecía pequeño,
de vivaces raíces y sin fronteras.

La distancia no se dibujaba con nuestras pisadas.

Pues nunca quise ver atrás.

Arde, arde el ansia de recorrer caminos por tu piel,
cuerpo que me enloquece,
lo devoraré como la mantis religiosa a su pareja,

Y engendraré rabia y dolor entre el vacío de tus huesos,
Se alimentarán de falsas ilusiones como la sarcástica lotería de tu amor.
Entre mis huesos frágiles, arde;
arde el ansia de creer que la distancia es una ilusión,
Una idea pura;

Pues la vida yo idealizo.

Arde, arde el seco tic-tac del reloj,
y entre tanto, las agujas bailan exaltadas en el limbo del tiempo y la muerte;
arde, con ansia arde,  el recuerdo de aquella fogata en la playa
arde, con ansia arde, la idea de ti misma, aquel ardor sin llama,
Aquella incertidumbre en tus pupilas,

Y la sed de los besos

Que ya no me dabas.

 

Y la vida va en serio,
oh, mundo raro,

oh, mundo oculto,
¿Cuánto todavía queda por aprender de ti?

Prometo caerme y siempre levantarme.

Pues la vida yo idealizo.

 

La rima seguía sin ser encontrada

Jaime escribía un poema en su escritorio. Era una mañana soleada en Barcelona. Siempre se decía a sí mismo que escribir era reescribir. Se quedó dormido tras no encontrar la rima adecuada. Despierta sobre una toalla en la playa de Creus. Toma primero conciencia de su cuerpo. Mueve las manos. Toca la arena. Esta se desliza entre sus dedos. Fina, cálida,pegajosa. Mueve los dedos de los pies y se estira como si acabase de levantarse de la cama. Jóvenes parejas van de la mano. Pasean por la orilla. Huele a crema protectora solar. De repente el paisaje comienza a distorsionarse y a cambiar de dimensión.  Sólo puede ver el cabo de Creus a lo lejos. Objetos extraños y distorsionados se acercan a él, dejando fuera de su campo de visión aquellas rocas iluminadas por el crepúsculo. Camina y se aproxima a un reloj situado boca abajo. No puede ver el tiempo. Camina y observa otro derretido. “¿Desde cuando existen relojes derretidos?”, piensa. Toma conciencia de la hora y le da vueltas en la cabeza a sus asuntos particulares “¿me dará tiempo a volver a casa y terminar de escribir?”. Camina hacia otro reloj fundido pendido de la rama de un árbol disecado y sin hojas. Toma su tiempo y se detiene por un instante antes de dirigirse hacia el último reloj derretido. “Marca una hora distinta, ¿y si están estropeados?”. Jaime caminaba alrededor de aquel contexto confuso. Cada vez sentía con mayor intensidad el calor que lo rodeaba sin ninguna sombra. Sin ninguna brisa. El mar, el paisaje, estaban allí, al fondo, como acuarelas pintadas. Cada vez el contexto de aquel escenario surrealista es menos nítido.

Calor.

Agobio.

No podía respirar.

Se despertó agotado al cabo de unos segundos, con la cabeza apoyada sobre el escritorio.

Lo primero que hizo fue sujetar su reloj de mano para corroborar la hora.

Estaba averiado.

Y la rima seguía sin ser encontrada.

arte_contemporanea_029